HISTORIAS  27 de mayo de 2019

Rosa Guarú

Creo que el historiador debe desvivirse por hallar la verdad, lo cual no quiere decir que lo logre.
Lo que sí no puede ni debe hacer es valerse de versiones tan febles como todas las que utiliza el presbítero Maldonado en su monografía, pero que se han difundido tanto y con tanto éxito. (Jorge Enrique Deniri)

 

Este es uno de esos temas yo diría, políticamente incorrectos, mejor dicho historiográficamente incorrectos, o todavía mejor, folclorísticamente incorrectos, porque es una de esas cuestiones en que la mayoría de la gente se siente incómoda o molesta cuando se ve enfrentada a una interpretación histórica que no coincide con la que tiene asumida.

Un enfoque diferente los desplaza de su “zona de confort” cultural, y eso es como mínimo molesto. Peor todavía, una especie que se ha hecho popular es sumamente difícil de rectificar. Cuando la simple creencia se asume como conocimiento cierto, cede terreno difícilmente.

Pero tratándose de San Martín, asumo como una obligación, incómoda pero ineludible, postular lo que creo es la interpretación más cercana a la verdad de los hechos históricos. Cada uno de los lectores juzgará lo que aprecie mejor.

Demostrado pues a grandes rasgos en la nota anterior, sin estimar conveniente ni necesaria una exégesis más profunda en este espacio, que el folleto de Maldonado no es una pieza de convicción histórica, puesto que poco más, poco menos, cada página es una exposición de subjetividad y de suposiciones apoyadas en febles relatos que se dicen tradicionales y son transcriptos a modo de pruebas indubitables, llega el momento de hacer referencia al objeto en sí de mi trabajo: el mito de Rosa Guarú.

Hay tres referencias, concretamente sólo tres menciones escuetas respecto de Rosa Guarú.

La primera (p. 12), bajo el subtítulo de “Chañahá y Guarú”, es la más extensa y dice: “La anciana Rosa Guarú, fallecida hace solo 40 años, declaraba haber sido criada de la casa del teniente gobernador y que ella había sido niñera de nuestro gran José de San Martín. Igual testimonio daba también respecto de la casa natal de San Martín”.

La segunda referencia (p. 34) es de menos de una línea y afirma: “…La Guarú, niñera del mismo José de San Martín”.

Finalmente, la última (p. 42), exclama: ¡Con qué noble orgullo recordaba siempre y hasta su muerte la anciana Guarú el honor que le había cabido de ser criada de la casa del gobernador y de haber sido niñera del gran general don José de San Martín!

Y bien, afirmo que con los elementos de juicio que pueden extraerse de estas tres referencias – seis líneas sin respaldo alguno – no puede pretenderse realizar ninguna construcción histórica seria.

En especial porque – sin entrar en un análisis de fondo y aceptándolas acríticamente – cabría concluir lo siguiente: en primer lugar, según la versión transcripta por Maldonado, recogida de fuentes orales de tercera mano hacia el año 1915, al parecer, podría haber existido una indígena yapeyuana llamada Rosa Guarú.

En segundo término, esas fuentes de tercera mano, viejos pobladores de Yapeyú cuya identidad Maldonado no proporciona, se habrían radicado allí a partir de 1862, cuando se repobló el lugar, y la mencionaron como muerta 40 años antes.

No aportan asimismo ningún elemento de juicio sobre su paradero final, un sitio sepulcral o dato análogo. En tercer término, según la misma versión, ella habría afirmado que había sido sirvienta de la familia San Martín y niñera de José Francisco de San Martín.

En definitiva, salvo esa versión de tercera mano, de desconocidos cuya identidad no se precisa, que habría recogido las manifestaciones propias de Rosa Guarú, no se desprende elemento de prueba alguno que confirme que conoció a los San Martín, trabajó para ellos y fue la niñera del Héroe.

Por el contrario, hay elementos de juicio que pondrían en duda de esa versión, por ejemplo, cuando Chagas, en 1817, destruyó Yapeyú, se llevó a todas las mujeres y niños que sobrevivieron al Brasil, al otro lado del río Uruguay, a poblar las haciendas y plantaciones portuguesas.

La escasez de mujeres las hacía especialmente codiciables.
Además, Yapeyú fue arrasada, y no quedaron medios de vida de ninguna clase para que se alimentara y subsistiera cualquier sobreviviente que hubiera escapado al secuestro de la población perpetrado por Chagas.

Maldonado afirma que las viviendas no quedaron arrasadas en su totalidad, sino sin techos y con destrucciones parciales en muchos muros.

Suponiendo válida su aseveración, el problema crucial para repoblar el lugar era el alimento, como queda probado a partir, por ejemplo, de las constancias que surgen de la estadía de Andresito en Corrientes, en 1819, tan hambreados él y sus hombres como para que Miss Postlethwaite puntualizara una frase suya, en el sentido que muy poco valía un hombre que no fuera capaz de pasarse varios días sin comer.

Las destrucciones de Chagas y los suyos no perdonaron ni los ganados ni las sementeras.

Por otra parte, supuesta su existencia según la imprecisa versión obtenida por Maldonado, Rosa Guarú en 1777 o 1778 habría tenido unos 12 años como mínimo, y en 1862, cuando se produjo la repoblación, tendría que haber tenido 96 ó 97 años, una edad más que improbable para la época y circunstancia.

Por otra parte, para 1862, San Martín ya era el prócer argentino por excelencia, por lo que, como sucede en tantos otros casos, Rosa Guarú, aceptada su existencia, pudo haber tratado de darse importancia afirmando que había sido su niñera.

No obstante, a partir de la versión de Maldonado, aún dando por probada la existencia de Rosa Guarú, no hay forma de comprobar, mínimamente, que realmente haya vivido en Yapeyú en tiempos de San Martín, y mucho menos que haya sido su niñera.

Por todo lo expuesto, considero tanto una leyenda como un mito a Rosa Guarú. Leyenda, porque sólo es posible situarla en ese terreno en cuanto hace a su existencia real, aceptándola, quizá y sólo quizá, como una indígena yapeyuana muerta cuatro décadas antes que el Presbítero Maldonado pesquisara antecedentes, tradición en mano, a partir de declarantes y declaraciones que, por las razones que fuere, no identificó en modo alguno.

Los ingredientes míticos, enraízan en los pretendidos servicios a los San Martín, y en especial a su papel de niñera del Libertador. Un verdadero “dijo qué”, sobre la base de un “me contaron qué”, valuable como mito, pero totalmente ahistórico.

Hasta aquí, hablamos de un mito con ingredientes de leyenda, simpático, grato a quienes, por ejemplo, hemos visto representaciones musicales con una adolescente fungiendo de Rosa Guarú y meciendo un rorró.

Pero este es uno de esos mitos cuyos efectos colaterales pueden y se han tornado perversos.
Así, la mitagogía discursiva con sus reiteraciones, cedió paso a la mitopoyesis fabuladora, pábulo ideal para los inescrupulosos, que asociando el delirio de una ninfomaníaca con el personaje de Rosa Guarú, atacaron, con un éxito del que dan buena cuenta las redes editoriales y digitales, a los padres, y en especial a la madre del Gran Capitán, sosteniendo perversamente que el personaje mítico, Rosa Guarú, fue la verdadera madre de San Martín.

No me caben dudas (y esta manifestación, desde luego es ahistórica) de que tanto Maldonado como Hernán Félix Gómez, otro de los propagadores del mito, estuvieron animados de las mejores intenciones, pero los resultados están a la vista.

Para un número nada despreciable de los integrantes de la doxa, una falsificación histórica perpetrada por ideólogos interesados en cooptar la figura de San Martín para sus propios fines, se ha tornado auténtica, y así es posible hallarla en distintos textos, y sobre todo en las redes sociales, y entra en danza cada vez que alguno de los que intentamos hacer Historia es entrevistado, porque los medios de comunicación, más “masivamente” quizá que en cualquier otro tema, ésa es una de las preguntas “de cajón” que nos formulan.

“¿Rosa Guarú fue la madre de San Martín?, pues bien en lo que a mí toca los respondo con una palabra de dos letras.

No.

Creo que el historiador debe desvivirse por hallar la verdad, lo cual no quiere decir que lo logre.
Lo que sí no puede ni debe hacer es valerse de versiones tan febles como todas las que utiliza el presbítero Maldonado en su monografía, pero que se han difundido tanto y con tanto éxito.

Porque eso es folclore, no Historia.

 

Jose Enrique Deniri

Director en Archivo General de la Provincia de Corrientes, Doctor en Historia

 

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